EL SITIO

callejón

Siempre se repite el mismo proceso. Las chicas dejan de besarse cuando me ven, la más bajita descabalga rápidamente de su compañera, se sienta a su lado en el bordillo de la jardinera y comienzan a disimular muy mal; inician una charla – cortina – de – humo o fijan su mirada en el suelo, esperando a que pase de largo. Las veo casi todos los martes y jueves cuando atravieso una calle que no es tal; un rectángulo delimitado por los bajos sin comercios de dos grandes bloques de pisos, las traseras de un supermercado y de una mutua de accidentes laborales. A pesar de su situación adyacente a una vía principal, su trascendencia es nula excepto para quienes habitan aquellas dos torres o para los que, como yo, deciden atajar y llegar antes a la parada de autobús. Es un lugar más bien feo e incómodo, el ángulo muerto del barrio, recóndito y sin nombre. Por eso quizás sea su sitio.

Todos hemos tenido nuestros sitios y además han sido parecidos; feos e incómodos -no pueden ser de otra forma cuando tienes dieciséis años- y con tendencia a desaparecer; el mío se lo tragó un nuevo barrio en expansión hace muchos años. Las chicas no lo han elegido al azar porque nadie quiere un lugar demasiado visible, tiene que tratarse de una realidad separada de todo lo demás, inaccesible al resto, porque los demás les importan un pimiento; somos enemigos que no comprendemos sus sentimientos, dispuestos a hostigar continuamente su relación intransferible. Los sitios de cada uno son suyos y siempre es molesta cualquier presencia, no digamos si otros lo escogen también como el sitio, poniendo en riesgo su exclusividad. Me costó un par de semanas percatarme de que lo era. Los descubrimientos pequeños funcionan así. La primera vez ni me di cuenta de que estaban allí, la segunda pensé «mira, las del otro día» y después de la tercera me planteé rodear toda la manzana arriesgándome a perder el autobús. No quería que pensaran que fuera un pirado y cada vez me daba más apuro doblar la esquina sabiendo que estaban allí. Decidí aumentar la distancia al pasar a su lado, como si estuviera adelantando a un ciclista, y caminar por el medio, pero tampoco hay demasiada anchura. Atravieso la calle dos veces por semana, a las seis y cuarto, por lo que, a aquellas alturas, ya me había convertido en un mecanismo corta-rollos de precisión, el objetivo de sus juramentos y males de ojo.

Hace una semana, cuando las vi besarse apasionadamente por enésima vez, me ignoraron por completo. La situación ha cambiado. Ya soy algo cotidiano, mi condición de intruso ha cesado, han decidido que ya no soy un peligro para ellas, tan sólo un pesado rutinario. He pasado a formar parte del paisaje, a transformarme en farola o contenedor. Ahora soy invisible. Cuando me ven ya no rebuscan en sus mochilas en busca de algo que no existe ni hacen como que charlan. Siguen a lo suyo y se susurran al oído: «tranquila, es el gordo de las camisetas de calaveras».

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