DOMINGO EN CIUDAD FRONTERA (I)

 

petroleo

Por Sven Henriksson. Antropólogo de la Universidad de Oslo.
Extracto del artículo publicado en el número 25.582 del semanario del diario Aftenposten del 13 /03 / 2102.
Traducción del noruego de Allma Moguerrioci.

[…] Es mi segundo viaje al lugar que lleva por nombre Ciudad Frontera. Tomo un café en una estación de servicio que dista unos cien kilómetros de la tierra llamada Fronteria y de su excéntrica capital. Un cosquilleo asciende por mi estómago y las manos comienzan a sudar; siempre estoy ansioso de volver a la ciudad que se ha convertido en mi objeto de estudio. Doblo el mapa desplegable, y me dirijo a la barra para abonar el importe del café. Tras el mostrador, una mujer oronda y risueña devora a escondidas un emparedado que, a juzgar por la mancha de mayonesa en su labio superior, deduzco que es del tipo vegetal. Los nativos lo denominan de esta forma a pesar de contener anchoas y/o jamón, y mi dieta vegetariana ya sufrió el sabotaje en más de una ocasión durante mi primera estancia. La mujer se limpia con una servilleta de papel y agarra el billete de cinco euros que he posado al lado de un expositor de bollos industriales. Mientras manipula la caja registradora me pregunta hacia dónde me dirijo. Le respondo que a Ciudad Frontera. Sin duda mi esfuerzo por mimetizarme y pasar desapercibido entre la población autóctona ha fracasado. Decido quitarme el fajín rojo, las medias bordadas y la boina, acciones que tranquilamente desarrollo en el cuarto de baño del bar. Como el resto del calzado lo tengo en el maletero del coche, no puedo desprenderme de las alpargatas. Opto por vestirme a la occidental, traje, camisa y corbata color beige. Salgo del local y la camarera se despide de mí no sin antes advertirme de la calidad de la hostelería en el área metropolitana de Ciudad Frontera. Le respondo que ya la conozco, que he estado anteriormente en la zona y que aprecio la gastronomía fronteriza. Ella me dice que no ha viajado nunca a Fronteria, que se lo había contado su cuñado. […]

[…] El trayecto hasta Ciudad Frontera es un espectáculo imponente. A ambos lados de la carretera se despliegan miles de chimeneas y torres de extracción de hidrocarburos. Es la principal actividad económica de la región y aglutina a su alrededor una fascinante cultura tradicional en lo relativo a la elaboración y producción en serie de apreciados barriles de petróleo, muy competitivos en los mercados nacional e internacional. Además de las grandes corporaciones petroleras, abundan en Ciudad Frontera las explotaciones de yacimientos familiares; los fronterizos son un pueblo orgulloso de los frutos que brotan de sus privilegiadas tierras y defenderán sus oleaginosos con fe ciega, con una pizca de fanatismo si se me permite la subjetividad, pero también con una candidez e inocencia que emocionan al más curtido. Es entrañable el empeño de las familias en que su torre de extracción ( Nota: acostumbran a llamarlas torretas) luzca impecable al sol de mediodía, favoreciendo una sana competencia, una apuesta por la belleza que se traduce en maravillosos paisajes. Aunque los nativos consideran sus hidrocarburos los mejores, no hacen ascos a ningún otro, así que bien sujetos y sellados en el maletero viajan conmigo tres barriles de Brent de mi tierra, el Mar del Norte, que a buen seguro algún fronterizo sabrá apreciar como prueba de afecto y hermandad entre nuestros pueblos. […]

[…] Me para la Guardia Civil (Nota: o picoletos. En caso de utilizar esta forma popular ha de ir acompañada del determinante artículo masculino plural. Ambas formas pueden utilizarse: la Guardia Civil o los picoletos). Declaro que en el maletero hay tres barriles de Brent. El agente me mira por encima de sus gafas de sol y me comunica, muy serio, que el número de barriles de producción foránea permitidos en Ciudad Frontera es de dos por persona. Contesto que desconocía la nueva ley, puesto que en mi anterior visita a la ciudad, el límite era de tres por persona. El guardia civil asiente lentamente y responde crípticamente que el horno no está para bollos. Da media vuelta y con el barril ilegal en la mano se dirige a la parte trasera de un vehículo todoterreno vetusto, anticuado y con aerodinámica deficiente (Nota: Patrol. Pronúnciese pátrol). Me pide el pasaporte. Al ver mi nacionalidad me pregunta si voy a Santiago. Puede referirse a una peregrinación de origen medieval, clave en el desarrollo de la primera historia de la villa y actualmente en desuso. Arranco de nuevo y a los pocos segundos rebaso el cartel informativo; Ciudad Frontera 20 Km. Ruta del Oro Negro. Sonrío. Ya falta poco. […]

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