CINES LIBRES DE ESTÚPIDOS

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Saben los que siguen este voluble espacio que suelo acudir con asiduidad al cine, mínimo una vez al mes y, desde hace ya varios, con motivo de una bendita oferta, casi semanalmente. La iniciativa de pagar 3,70 euros por entrada ha provocado que los cines vuelvan a transitarse y puedan desprenderse del aura de marginalidad -más propia de las extintas salas X- que las sucesivas subidas de precio les habían encasquetado. Los hechos hablan por sí solos y ponen en entredicho ciertas afirmaciones relacionadas con un cambio de conducta; los nuevos espectadores que prefieren disfrutar del cine en su casa, sin que nadie los moleste, en la pantalla de su ordenador. Creo que hay argumentos válidos en todo ello, pero me parece peligroso eliminar el elevado precio de la entrada de la ecuación de la falta de asistencia cinéfila. Puede que los hábitos del público hayan cambiado o estén cambiando, sin embargo, a todos nos gusta disfrutar las películas en el lugar óptimo para ello –o eso me gustaría pensar- y, si el público ya no lo hace, conviene revisar los porqués. Mi opinión es más sencilla que los rebuscados finales de era que algunas apocalípticas lumbreras repiten continuamente: si el precio se ajusta a lo razonable, la gente acude. El concepto del cambio de ciclo me parece incluso ofensivo desde cierta perspectiva puesto que parece ser el curso natural de las cosas, y visto así, mediante dicha tesis, también las personas podrían dejar de comer, trabajar, adquirir bienes necesarios para la supervivencia o negársele la atención sanitaria o el derecho a la educación pública. Podrían decirnos: «Mire, es que las cosas han cambiado y ahora es usted el que tiene que pagarnos a nosotros, que somos sus empleadores, por el trabajo que desempeña».

El pasado miércoles vimos 12 años de esclavitud de Steve McQueen, que arrasó en la pasada edición de los Oscar. La película me gustó en términos generales pero el motivo de estas líneas no son transmitir las sensaciones que me provocó sino manifestar la creciente convicción de que la tecnología nos hace más imbéciles y maleducados. No me gustaría parecer un neo-ludita pero es que hay cosas que son de juzgado de guardia y atentan contra la inteligencia más primigenia. Fue hacia la mitad del metraje cuando un grupito de tres personas –ya entrada en la cincuentena, no se crean- deciden que la película no es de su agrado y, en vez de aguantar el suplicio como todo hijo de vecino, empuñan sus móviles de última generación con el fin de wasapear o deambular por Internet. De por sí el comportamiento ya es censurable pues todo el mundo debería apagar sus teléfonos dentro de la sala pero a ello se suman las molestias causadas por sus pantallas enormes y brillantes; ya conocen la portentosa potencia luminosa de estos aparatos, así que imaginen la distracción cegadora en la oscuridad. Y no fueron tan sólo unos segundos o un tiempo más o menos prudencial; 12 años de esclavitud debió aburrirles de lo lindo, únicamente al final del film, coincidiendo con una de las secuencias más sádicas, los idiotas guardaron sus teléfonos. A veces pienso en que deberían tener razón los iluminados apocalípticos e imagino el cine vacío, como hace unos meses, libre de estúpidos.

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