ROBOCOP 2014

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Robocop. 2014. Estados Unidos. Dir: José Padihla.

En el año 2028 los Estados Unidos se hallarán difundiendo la democracia en Irán. Las tumultuosas calles de su capital serán controladas minuciosamente por robots bípedos de varios tamaños y drones ultramodernos; este vanguardista despliegue militar formará parte de la operación Freedom Tehran. Una unidad de reporteros de un programa de televisión está filmando el modo de actuar de las unidades especiales robóticas en lo que parece un plácido día más de ocupación, hasta que un grupo de terroristas suicidas decide salpimentar la mañana cargándose unos cuantos de ellos. Antes del ataque, su líder afirma que lo importante no es tanto la destrucción que puedan causar, como hacerla frente a las cámaras de televisión. Lo fundamental es que el atentado se grabe. El comienzo de Robocop nos deja dos interesantes temas. El primero –muy antiguo- se relaciona con Hollywood y su utilización del cine como vehículo propagandístico, sobre todo en materia de política exterior; en este caso como expresión de sus anhelos más profundos -¿no es un sueño húmedo invadir Irán?-, un mensaje que funciona de manera ambivalente, narrativo-justificativo a la vez que subversivo. Sin restar importancia a este aspecto –que daría para mucho por sí solo-, me parece interesante la rapidez con que el cine norteamericano está asimilando la guerra contra el terror, sus consecuencias y estrategias. Eric Hobsbawn afirmaba en su libro Guerra y paz en el siglo XXI que uno de los más lamentables indicios que manifiestan el avance de la barbarie en el siglo XX, es que los terroristas se hayan percatado de que, teniendo en cuenta el poder de la cobertura televisiva mundial, el asesinato de personas insignificantes en proporciones adecuadas, capta mejor la atención de los titulares que los asesinatos de personas célebres y los ataques a objetivos simbólicos. Hace tiempo que los terroristas utilizan este sórdido modo de actuar, convencidos de que el impacto mediático de estas acciones son políticamente más efectivas que si dirigieran sus ataques contra personas relevantes con el poder de tomar decisiones. El cruel atentado de la estación de Atocha –el segundo mayor en la historia de Europa- es un claro ejemplo de ello. La existencia o no de cualquier reivindicación, incluso nuestra existencia en sí  misma, pasa por su reflejo en los medios de comunicación; todos recordamos el vídeo del asesino del soldado británico con las manos ensangrentadas, cuchillo en mano.

Robocop presenta el debate en torno a la utilización en suelo americano de sus potentes robots reservados para uso bélico. La población se encuentra dividida entre los que apoyan al senador Dreyfuss y aquellos partidarios de los intereses del gigante armamentístico OmniCorp. Los ciudadanos no desean ser defendidos por máquinas sin emociones, no quieren que sea un robot lo que apriete el gatillo que signifique su salvación. Ignoran que ha sido el ser humano el causante de los mayores horrores del mundo. En general, me ha parecido una película que va de más a menos y muy atropellada; la acción se precipita literalmente, tras un inicio más o menos sólido. Cualquier parecido con su antecesora es puramente casual; sin la violencia de la de Verhoeven, convertida en un producto para todos los públicos y desposeída de su atmósfera underground.

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