LA CHONI DEL KEBAB

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Era un restaurante de comida rápida turca con nombre de capital europea seria. Roma, pongamos por caso. El establecimiento disponía de un comedor amplio —fue un antiguo restaurante chino— y, a pesar de que transcurría la hora predilecta de los apetitos dominicales nocturnos, se hallaba prácticamente vacío. Un chico esperaba en el umbral de la puerta, fumándose un cigarro; en la mesa anexa a la barra, una cuadrilla de chavales trataba de convencer al dueño del negocio para que patrocinara su equipo de futbito; unos mocetes pegaban las narices al cristal con el objetivo de obtener una perspectiva óptima del generoso escote de la camarera, que no daba abasto, asediada por la freidora, los rollos de papel de aluminio y las diversas piscinas de salsas. Los pedidos se habían multiplicado y el mío todavía se mantenía muy alejado de las privilegiadas primeras posiciones del cuaderno de comandas, así que decidí escuchar discretamente la conversación futbolística. «Así podrán conocer tus bocatas por toda la ciudad», comentaba uno de ellos. El jefe paquistaní los observaba con indiferencia; reunidos de tal manera, parecían a punto de confirmar algún chanchullo mafioso; ojala no los acribillasen a la salida. El teléfono no paraba de sonar y la camarera juraba en voz baja, abandonó la tarea en curso para correr hasta el aparato y dirigir miradas en llamas al jefe, repantigado en la silla de plástico mientras los futbolistas le contaban lo bien que lo habían hecho la temporada pasada. Llegaron entonces. Una chica joven y su novio, presumiblemente. Pasaron de largo la barra y se situaron en mitad del comedor. «A que está chulo». El tipo llevaba los pelos de punta, al estilo clásico discotequero, collares, esclava y zapatillas descomunales. La chica miró a su alrededor; se giró del todo para no perder detalle del garito; las fotos de comida grasienta con precios enormes, los cuadros de playas paradisíacas en tonos pastel, fabricados en serie. «Siéntate, cari. Voy al baño; ahora vendrán a tomar nota». Ella obedeció y ni siquiera se despojó del abrigo, continuaba con el examen visual al Kebab Roma. Se había enfundado sus mejores trapos, vestía con pulcritud barriobajera; la coleta en lo alto, aros inmensos en las orejas, los ojos egipcios y el rojo fresa en los labios. Una apariencia dogmática, fiel a los principios del techno de gasolinera, ajena a las últimas heterodoxias pin up que, de manera sorprendente, algunas chicas estaban adoptando. Y era guapa. Muy guapa. Podía ostentar el título de tía más buena del barrio; la Venus de Ladrillo Caravista. El chico había vuelto del servicio. «Está bien, me gusta», contestó ella y agarró su mano suavemente, por encima de la mesa. Hay momentos en los que uno vuelve a creer en el ser humano, no se sabe muy bien por qué. En el centro del poco transitado comedor del Roma, dentro de un humilde dispensador de vituallas exprés, en el interior de un local al que nadie se nos ocurriría llevar a cenar a nuestras novias, se estaba produciendo algo mágico: la clase trabajadora apareció ante mí con su maravilloso fulgor –como diría algún antiguo documento proletario-. Ahí estaban, la Venus de Ladrillo y el Diadumeno Pelopincho, esperando a que un camarero —¿italiano, tal vez?— les fuera a tomar nota en un kebab. Ella sonreía; quizás nadie la había invitado antes a cenar sentada en algún lugar que no fuera un banco del parque, el maletero abierto o el capó del coche, quién sabe. Quizás nadie la había invitado a cenar nunca. Dos seres apestados siempre contemplados con desconfianza, los condenados por todos. Nadie los tiene en cuenta, son simples drogadictos y cuasi-putas, cerebros huecos cuyo funcionamiento es arduo de descifrar. Gente que tropieza una y otra vez en la misma piedra y que seguirá haciéndolo hasta el fin de los días; agresivos e ingenuos a partes iguales. Son los proscritos que pasan de las luchas sociales pero constituyen la más potente fuerza de lucha, la madera con que arde el infierno. No entienden de teoría política pero son la izquierda, genéticamente hablando. Quizás todo el mundo les falló alguna vez, y de ahí provenga su vocación autodestructiva de fin de semana. Tampoco dudarían en joderte si bajas la guardia. Quizás debiéramos empezar a tenerles en cuenta, que puedan sentirse incluidos en algún tipo de discurso, que la marfileña teoría de pasillo de facultad les tienda una mano en vez de darles la espalda. El equipo de fútbol terminó su reunión con el jefe, ronda de apretones de manos y despedida.  El dueño se percató de la pareja del comedor. «Tenéis que pedir allí» dijo señalando la barra. Pelopincho caminó hasta mi lado y ordenó dos menús con Coca-Cola. La Venus de Ladrillo continuaba sonriendo mientras escrutaba el bar. Me dieron mi pedido y me marché. Al salir del local, me volví para observarlo, como si fuera la última vez que fuera a verlo y con la certeza de que había sucedido algo trascendental. Miré el logotipo.

¿Habrá algún Kebab Madrid en Londres, París o Roma?

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