OFICINAS ASESINAS

Quinn

Antes de volver a la normalidad en su querido espacio -han sido casi dos meses de sequía bloguera- debo disculparme por despedirme de ustedes así, a la francesa y no informar de mi posición en ningún momento. Como ven, sigo vivo, pueden acostarse tranquilos y dejar de rezar por mi alma. Y no, mi enigmática desaparición no se debe a un vulgar ataque de pereza; he estado acabando un relatillo largo o una novelita corta –según se mire-, un cabo que llevaba suelto mucho tiempo, me impedía vivir sin remordimientos y que decidí amarrar definitivamente. En estos cuarenta días han sucedido montones de cosas, funestas la mayoría; el gobierno ha elaborado una ley que nos obliga a tatuarnos el DNI en la frente y a poner la chaqueta sobre los charcos al paso de nuestras excelsos políticos y su cohorte de antidisturbios en formación de tortuga; aprobó, también, una nueva ley educativa con aire eclesial y cavernario. A pesar de mantenerme un poco desconectado, no he podido desengancharme del tema estrella, las cuchillas de la valla de Melilla, rebautizadas con un simpático nombre de orden de monjitas piadosas, las Hermanas Concertinas. El torrente de disparates ha sido mayúsculo. Unos querían mantener el muro a raya con drones (¡) porque los vigilantes se quejaban de tener que desenredar cadáveres desangrados. El gobierno ha encargado muchos informes a expertos de la TIA y, a estas alturas, estarán debatiendo qué clase de ingenio puede contener la avalancha de inmigrantes. Probablemente hayan comenzado a construir el foso con cocodrilos.

También he vuelto a ver cine y a retomar una serie que tenía pendiente; Homeland. No había visto ningún episodio de su tercera temporada y mientras escribo estas líneas ya me he calzado media docena en un par de noches. Homeland me provoca sensaciones de varios tipos; me gusta mucho, me parece interesante no solo por lo atractivo de los personajes –sobre todo Carrie Mathison, increíble Claire Danes- o la magnética trama de espionaje. Es curioso cómo los Estados Unidos elaboran ficción de su historia casi al mismo tiempo que los hechos suceden y pienso en lo difícil que sería realizar algo así aquí. Homeland también me deprime. No consigo ver la heroicidad de matar a las personas a través de una pantalla, qué quieren que les diga. Esos despachos atestados de secretarias y burócratas asesinos, celebrando las eliminaciones a través de la cámara como goles de su equipo de fútbol. Sabemos que es así, todos vimos la fotografía de Obama y su gabinete mientras contemplaban la retransmisión del asesinato de Bin Laden a cargo de los Navy SEAL o algún cuerpo similar. El elemento más nocivo de toda esta montaña de basura es el personaje de Peter Quinn. O más bien su cargo. Quinn es un asesino a sueldo que ha conseguido su plaza de funcionario. Lo mismo se pasea bien vestido por los pasillos de la CIA que se enfunda la pistola con silenciador dispuesto a cepillarse a quién le ordenen o tortura con unos alicates. ¿No es tétrica la normalidad de la relación laboral de Quinn con sus compañeros? La policía o los servicios secretos siempre se han valido de mercenarios o sicarios para desarrollar ciertas operaciones fuera de la ley, pero entendíamos que eran asesinos al margen del estado, trabajadores por cuenta ajena, considerados como quincalla por las propias fuerzas de seguridad –y por todo el mundo-. A partir de ahora vamos a tener que acostumbrarnos a verlos dirigir gabinetes, oficinas y despachos. Como si nada.

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