DIRTY DANCING (Emile Ardolino, 1987)

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Dirty Dancing. 1987. Estados Unidos. Dir: Emile Ardolino.

Mediados de la década de los noventa. Algún lugar entre Teruel y Valencia.

El niño G.M.C, de diez años de edad, observa el mosaico de cassettes del expositor giratorio buscando alguno barato que incluyera los éxitos de los Cuarenta Principales, interpretados por otros grupos diferentes a los famosos, versiones apócrifas de las canciones de moda como El Tiburón o All that she wants con producción de andar por casa, sin el brillo de las originales pero mucho más asequibles. A G.M.C le gusta la música por obligación; todos sus amigos la escuchan y su primo es un auténtico devoto del techno-dance de gasolinera. Pensó que si todos lo hacían, él no iba a ser menos, porque con diez años ya va siendo hora de que te guste algo más que dibujar y jugar al fútbol; era una auténtica fiebre, algo bueno tendrían tanta estridencia y ritmo machacón pese a que, en principio, G.M.C no le encontrara demasiado atractivo. Sus padres, A.M.V y J.C.R toman café en el bar y su hermana M.M.C, de cinco años de edad, revolotea por las mesas cercanas. Ha llegado el momento clave y –retrospectivamente- bochornoso de adquirir la primera cinta. Todavía quedaba un largo camino hasta Benidorm, es agosto y el Renault 21 azul marino carece de aire acondicionado…Pero eso no es lo peor, piensa G.M.C, hay algo mucho más abrasador y molesto que esa sauna con ruedas; dentro, fuera de la vista de todos, tiene lugar una verdadera tortura camboyana que se repite viaje tras viaje, un boceto doméstico de Guantánamo que tiene que llegar a su fin: la puta cinta de Dirty Dancing de mi madre.

El odio es un sentimiento fácil de desarrollar. Sobre todo el odio infantil vinculado al apriorismo o a las experiencias dramáticas; a mí me producen aversión muchas verduras como la acelga y la borraja –que tiene pelo y púas, la naturaleza es terrible- así como también Juan Pardo o Víctor Manuel y Ana Belén (resquemor inoculado también vía radiocasete del coche), todos ellos englobados en la segunda categoría de experiencias dramáticas.  Fíjense que a uno le repateaban el abrir y cerrar de murallas y los caballos de batalla y, sin embargo, la cinta de Diry Dancing ganaba el oro de la repulsión. En realidad es injusto que hable de la cinta de Dirty Dancing porque la banda sonora la formaban bastantes canciones que no recuerdo, es más apropiado circunscribir mi sensación de rechazo a la canción emblema de la película, la horrible The Time Of My Life, buque insignia de la sensiblería comercial con la letra más estúpida de la historia de la música (recuerden el ridículo this could be love, because… anterior al legendario estribillo). La película la ví más mayor; Patrick Swayze era un galán merced a su intervención posterior en Ghost, film que junto a Pretty Woman sustentará el romanticismo hiperglucémico de los noventa; Jennifer Grey se hallaba desaparecida en combate después de su célebre papel encarnando a la rebelde Baby… El film es una tontería estereotipada y el baile final (sonando el tema de marras) me induce a arrojarme por la ventana más cercana.

Por cierto, aquella vez, en el área de servicio me compré una hez sónica llamada Sonic Mix. En la portada aparecía la mascota de Sega presentando los éxitos del verano del noventa y tantos. Mi primera cinta adquirida conscientemente. Y así la tortura se invirtió. Mi madre comenzó a sufrir.

Publicado en la revista Fuerza Vital

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