DEFINITIVO

Cumberland_Terrace

– Tengo la sensación de que esto es definitivo- dijo Ella frente a una pinta de Paulaner.

– ¿El qué?

– No sé, la situación; parece que todo se haya congelado para siempre.

Resulta doloroso no poder ofrecer nada a quién más quieres cuando más lo necesita. No hay remedios fáciles al alcance de la mano o fórmulas mágicas que utilizar para impedir nuestro hundimiento en la ciénaga. Somos conscientes de que vamos a pique pero también comprendemos que sin el apoyo mutuo, por débil que sea, no seremos capaces de llegar muy lejos fuera del pantano. Escuchamos posibles soluciones drásticas que borren el estigma de parado de tu piel, el logotipo del Inem que está manifestándose en las manos y en el costado. Podemos marcharnos a ocho mil kilómetros de aquí, a Sebastopol, a la amazonia, a la isla de residuos plásticos que deriva por los océanos o incluso a la Luna, que está vacía y no molestamos a nadie. Nos hemos convertido en gente incómoda; nuestra presencia inquieta y dispara la cota de misterio e indignación de los que trabajan, ¿de qué vivirán estos?, ¿qué hacen sentados en esa terraza?, ¿por qué no están buscando trabajo todo el rato? Podemos emprender aventuras transcontinentales, marearla por Europa del Medio o aprender inglés en un restaurante de Londres. Se nos intenta comparar con los compatriotas que se largaron durante los sesenta y setenta. Cualquiera que conozca de primera mano el fenómeno emigrante español sabe que apenas hay coincidencia entre aquel individuo pretérito y el actual, ni a nivel formativo ni de salario ni condiciones de vida. El único aspecto que se ha mantenido inmóvil es -¡bingo!- la carga de trabajo; en este nivel nuestro antepasado sorprendido por el papel higiénico en los servicios y el moderno Ipad-aventurero patrio de hoy están bastante igualados. Ambos van a trabajar como auténticos mulos. Es en materia de sueldos donde difiere la cosa, en la capacidad de ahorro mermada por los precios de España, al alza desde entonces burbuja inmobiliaria mediante. Conocemos el interés de los que gobiernan en casar las piezas de puzzles distintos a martillazos, en convertirse en alquimistas para endulzar el drama. Quieren que nos vayamos. Se huele en el ambiente, todo invita a ello, con tal fin han elaborado una denodada campaña en televisión con los programas Callejeros Viajeros o Españoles por el mundo y muchos desdichados se dejan seducir por los cantos de sirena del porvenir maravilloso más allá de los Pirineos. Nada importan la lejanía, la diferencia cultural y los idiomas diabólicos, el éxito está asegurado, las derrotas se ocultan bajo la alfombra. Mi tía abuela Blasa trabajó en Londres de cocinera y servicio doméstico durante más de cuarenta años, toda la vida. Primero fue inmigrante en Madrid, encargada de los fogones de la embajada turca, luego vivió dos o tres años en Francia trabajando también en la embajada otomana y terminó su periplo en la capital inglesa de manera definitiva, ya desvinculada de la diplomacia, sirviendo en una casa de señores muy ricos, en Cumberland Terrace frente a Regents Park, en el distrito de Camden (en la foto). Una temporada estuvo acompañada de su hermana Carmen y su marido. Ya sé que mi ejemplo familiar no es el común; la mayoría de españoles que emigraron durante esos años lo hicieron a Alemania, Francia y Suiza fundamentalmente, mi tía es una rara avis al respecto, siempre comentaba que Francia no le había gustado nada. Tampoco coincide la época; mi tía fue con tan solo trece años a Madrid y esperó hasta los veintiuno para largarse a Francia –teniendo en cuenta que nació en 1920 lo hizo muy tempranamente, en 1941 aproximadamente-. Trabajó como una burra toda su vida, ahorró dinero –bastante, no tenía mayor vicio que viajar a España en vacaciones y Navidades – y compró varias viviendas en Logroño. Incluso ayudó a su hermana a comprar la suya. Lo que quiero decir con esto es que la dirección del dinero era de fuera hacia adentro, es decir, de los que se van para sus semejantes. Ahora ocurre a la inversa. El Ipad-aventurero tiene más formación que mis tías Blasa y Carmen juntas, va a trabajar tanto como ellas o más pero no va a ahorrar una mierda en los dos, tres, cuatro o cinco años que deambule por Londres. Es más, muchos están recibiendo dinero de sus familias para poder malvivir y costearse el alojamiento mientras buscan currelo en algún Pizza Hut, Burger King o en una de esas cadenas dispensadoras de ensaladas que tanto gustan por aquellas latitudes. Qué quieren que les diga, parece más rentable o provechoso –o igual de estúpido- jugar a la lotería y dedicar ese dinero que envían los padres a pagarles copas a las inglesas o alemanas, de discoteca en discoteca y de after en after, a ver si suena la flauta y alguna queda prendada de nuestro espíritu emprendedor y nos invita a vivir en su casita de Albión por siempre jamás. Luego en vacaciones en España ya te trabajarás a la de tu pueblo mientras Lady Chatterley baila borracha en la verbena de Villaruinosa del Fango. Este proceso está ya en marcha, son multitud los Ipad-aventureros que ya confían más en el Braguetazo Europeo que en cualquier otra cosa. Que luego pasa lo que pasa. Fíjense en los pobres diablos atrapados en Noruega sin dinero para volver. A estas alturas deben estar merendándose los patos de los parques de Oslo; los vikingos ya no pueden salir a pasear con sus mascotas tranquilamente sin que un intrépido español se lance al cuello del caniche, tampoco es descartable que, debido a su condición de españoles hambrientos, haya comenzado el canibalismo. Cuidado que a la tía Pepa le comieron una pierna mientras se echaba la siesta en un banco de Berlín. A ver si nos meten a la cárcel que por lo menos estaremos un poco calientes, mejor que en la puta calle de Trondheim que menuda rasca, pensarán algunos. Yo qué se, quizás un penal sueco sea el equivalente ibérico del spa barato. Quién sabe.

– Para siempre es mucho tiempo, nada dura eternamente.

– Definitivo – repitió Ella absorta.

Y comenzó a llorar.

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