LA GENERACIÓN ENCONTRADA

generación encontrada

Lo he intentado, lo prometo, pero no he podido reprimirme. Leo con estupor que la rebautizada “generación perdida” ya tiene su disco; lo ha compuesto un diseñador gráfico de Barcelona que pide financiación a través de una web de mecenazgo para hacer frente a los cuatro mil euros (¿?) que cuesta un estudio de grabación. Al margen de lo que pueda parecernos esta manera de actuar y el elevado presupuesto requerido –si no lo sabe ya, todo el mundo debería conocer que los mayores dispendios discográficos no se producen durante el proceso creativo, sino posteriormente, en promoción y publicidad-, lo que ha llamado mi atención es el uso del término “generación perdida”, un concepto elevado a la categoría de trending topic en tiempos recientes, ungido de un aura maldita chic pestilente, tan sobado y prostituido por documentales y menciones en medios de comunicación, que se ha convertido en algo inane, en un revival de unos tiempos mozos felices capitaneados por Oliver Atton. Como saben, están leyendo la guía espiritual de la generación perdida, por lo tanto, tampoco este espacio se libra de la quema y asumo mi parte de culpa en la reproducción sin control del término, si bien explicaré a qué razón obedece tal sobrenombre. Vaya por delante que no sé quién acuñó el término ni me importa. Decidí rebautizar este blog –anteriormente se llamaba Pobrediablo!– allá por 2010 para poder participar en un concurso, así que no existe magia alguna en su origen, siento decepcionarles. Pasé por el certamen sin pena ni gloria pero el blog no lo cerré; me había gustado eso de guía espiritual –como guía no es buena, pero intento ser lo más espiritual posible-. Seguí publicando artículos, fundamentalmente, reseñas de películas. Le puse tal nombre en homenaje a la canción Generación Perdida de los donostiarras Nuevo Catecismo Católico, un himno extraído de su disco homónimo de 1998, cuando la Francia de Zidane se coronaba campeona del mundo, James Cameron arrasaba en los Oscar y las crisis económicas parecían una cosa del blanco y negro.

Es una locura hablar en nombre de toda una generación; te vas a confundir con total seguridad, pero es que… ¡es tan atractivo! Ahora da la sensación de que alguien nos ha estafado, alguien nos ha prohibido medrar económicamente, nos ha vendido humo durante nuestra etapa estudiantil cuasi perenne. Hay algo de cierto en ello, como en todo, pero no deja de sorprenderme la ligereza de ciertos argumentos. Resulta que nadie es responsable de una hecatombe económica desdeñada en tiempos de vorágine –los tiempos en los que crecimos-, una época de gente que se despolitizó voluntariamente, cegada por las catedrales de nuestro tiempo; el centro comercial y la agencia de viajes, paquete Marina D’or y plasma eterno. Un tiempo en el que se vivió sin perspectiva, con la estúpida creencia de que siempre había sido así, que nada de lo que hiciéramos traería consecuencias; una autocomplacencia absoluta frente a las pocas voces que advertían la catástrofe. La era del ¡Cállate, aguafiestas! Existe la creencia de que esta crisis viene de fuera, del espacio exterior. La gente no parece dispuesta a creerse que es resultado de la estructura interna del sistema en el que malvivimos, que responde a la lógica capitalista, criminal quizá, pero lógica al fin y al cabo. En definitiva, nos cuesta ver las conexiones entre la actualidad y lo que nos ha precedido. Ni siquiera a ocho o diez años vista; como para hablar de procesos análogos en diferentes momentos históricos. Por eso son curiosos ahora los discursos fluctuantes de gente que jamás se había interesado por nada más allá de sí mismo. Se colocan a la clase política y a los bancos como únicos culpables que, con todos los respetos, hacía falta no querer ver para no haberse percatado antes. Muy pocos toman conciencia de su posición, su culpabilidad o no, y mucho menos de su responsabilidad. La indignación ante no poder ser una pieza bien engrasadita, el rechazo del sistema solo cuando vienen mal dadas. Si el discurso de la “generación perdida” es este –parece que sí a juzgar por las miles de visitas del tráiler en vídeo del disco de marras- entonces paren el carro; no quiero formar parte de semejante sainete, prefiero autoexcluirme de este espectáculo vergonzante, ser un outsider generacional. Pero eso no es lo peor, hay un problema de difícil solución, una cuestión que me aflige de veras, que duele como si los Caballeros del Zodíaco me hubiesen dado una paliza: ¿cómo llamo ahora a mi blog?

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