EL MALVADO ZAROFF (Ernest B. Schoedsack / Irving Pichel, 1932)

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The Most Dangerous Game. 1932. Estados Unidos. Dir: Ernest B. Schoedsack, Irving Pichel.

Adoro las películas que empiezan sin dar explicaciones, en las que el director ha sabido extraer lo esencial,  disponer adecuadamente de los mínimos elementos indispensables para contar una historia. Es cierto que con frecuencia este modo de actuar, de llegar al concepto fundamental, puede menoscabar la profundidad de los personajes convirtiéndolos en robots unidireccionales, pero qué importa eso en una cinta de terror, aunque sea del año treinta y dos. La secuencia inicial de créditos nos muestra una misteriosa puerta de grotesca aldaba; fijo y sujeto a la robusta madera, un monstruo  antropomorfo herido por una flecha en el pecho parece expirar, mostrando sus colmillos mientras sujeta a una mujer con sus brazos. Estos son móviles, de tal manera que forman, junto a la mujer, la pieza que golpea sobre su férreo torso. Una mano anónima (la del espectador) llama y la puerta se abre. Ya estamos dentro de El malvado Zaroff y de repente nos encontramos dentro del salón de un barco donde unos caballeros conversan sobre cinegética, intercambian pareceres sobre lo que puede sentir o no un animal al ser cazado. Rainsford es nuestro protagonista, es un cazador célebre, escritor reconocido en la materia y viajero que ha recorrido medio mundo buscando presas difíciles. Toda la película gira en torno al concepto de bestialidad, humanidad y el grado de ambas de las que el ser humano dispone. El barco naufraga y solamente Rainsford sobrevive alcanzando la playa de una enigmática isla. Pese a que el film es muy ameno y divertido, hay situaciones vergonzantes que a los ojos de un espectador actual pecan de excesiva ingenuidad, como por ejemplo cuando el capitán está a punto de ser devorado por los tiburones y exclama “¡oh, me ha atrapado!

La fortaleza del Conde Zaroff, un millonario ruso exiliado, se yergue cual castillo de Drácula en una Transilvania brumosa. Zaroff, a medio camino entre Rockefeller y el propio conde vampiro, ejerce de anfitrión de Rainsford y de todo aquél que naufraga en los arrecifes de la isla. La morada de Zaroff es la imagen mental de mazmorra terrorífica que todo hijo de vecino tiene en la cabeza, a saber: oscuridad que obliga a los personajes a portar un candelabro toda la película, fría piedra, nula decoración, escaleras interminables. La postal gótica de casa, castillo o mansión encantados. Un solitario elemento destaca en tan manida puesta en escena; un gigantesco tapiz ilustrado con el pasaje mítico griego de la lucha entre los centauros y los lapitas. En primer plano un centauro herido (la flecha clavada en el pecho nos remite instantáneamente a la aldaba de los créditos) grita desencajado por el dolor, en sus brazos una mujer semidesnuda. La referencia mitológica encaja como un guante en el mensaje de la película. ¿Podemos ser víctimas y verdugos a la vez como el centauro es resultado de la unión de la bestia y el hombre? En el mito, los centauros son invitados a un banquete de boda por los lapitas, y éstos, incapaces de controlar su ansia, beben abundantemente hasta que, ebrios de vino, comienzan a violar a las mujeres asistentes a la ceremonia, novia incluida. No lo recuerdo bien, pero creo que luego son exterminados en alguna guerra subsiguiente. ¿Qué hay de bestia en el ser humano? ¿Cuánto hay de Zaroff y cuánto de Rainsford en las personas? ¿Son en realidad Zaroff y Rainsford dos proyecciones de la misma persona? En definitiva, ¿son Zaroff y Rainsford la misma persona? Si asumimos que normalmente nos identificamos más con Rainsford, un tipo valiente, levemente altanero que no se preocupa demasiado de problemas existenciales más allá del que pueda desgranarse de una presa hostil, ¿dónde se esconde Zaroff? El conde Zaroff hiberna en algún recóndito lugar de la mente esperando los resortes adecuados, el pistoletazo de salida que, como el vino de los lapitas, sirva de acicate para mostrarse. Bravo por los directores.

Publicado en la revista Fuerza Vital.

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