CAMBIAR EL MUNDO

verbo

Verbo. 2011. España. Dir: Eduardo Chapero-Jackson.

Hay veces que desearíamos desaparecer, abandonar con disimulo alguna escena bufa, ridícula, como si contemplar a un fulano en tal tesitura nos produjera un flashback a situaciones similares que hubiéramos protagonizado o si esa vergüenza actuara como un mordisco preventivo; “mira qué espectáculo… espero no encontrarme jamás en un lance de este tipo”. En la juventud, la vergüenza es moneda de cambio diaria, sobre todo la vergüenza consanguínea, aquélla que nuestros familiares (los seres más queridos, se supone…) ejercen de manera despótica contra nosotros, arruinando, las más de las veces, todo el empeño que hemos puesto en conseguir algo que nos parece muy importante; durante la infancia, la integración en el grupo, en la adolescencia, la integración en el grupo y el agrado a especímenes del otro sexo. Lo único bueno de este periodo es que el culpable de nuestro bochorno suele ser, además de la vendetta familiar, la propia condición de jóvenes primerizos; durante la adultez, cuando prácticamente ha desaparecido el interés por la integración en el grupo en función del agrado hacia individuos del otro sexo, el ridículo parece tener menos justificación; “a su edad, por favor…” Hay situaciones de vergüenza eterna, ligar, un acto tedioso en el que ambas partes rebajan deliberadamente su filtro de ridiculez pues de otra manera se haría insostenible la conversación. Siempre nos resulta vergonzante, incluso grosero, ver ligar a otros, pero no hay razón para no pensar que cuando nos toca el turno irradiamos la misma cantidad de humillación y cursilería.

La visión de Miguel Ángel Silvestre vestido de skater, hablando en verso y con una de barra luminosa en la mano me ha producido vergüenza ajena. No entiendo muy bien adonde nos quiere trasladar Chapero-Jackson en su primer largometraje Verbo. Tampoco me ha quedado muy claro el mensaje del film; tras una fachada fantástico-tenebrosa y un poco matrixera, se desliza una historia de búsqueda individual del poder para cambiar las cosas. La película resulta ingenua por lo simple del mensaje, y además no se trata de esa ingenuidad arrebatadora que demuestran algunas personas, sino que se encuentra a un paso de la patochada. La animación es lo que cambia el mundo, la conclusión que saco yo. El videoclip de dibujos animados a mitad de película es absolutamente nefasto, la película, en general  aburre y no ha conseguido introducirme en ese mundo paralelo que habitan Líriko y compañía; la música me ha parecido, en general, demasiado solemne, como si te avisara “¡eh, es importante esto que estás viendo!” No se a quién se dirige la película, por lo visto al público adolescente; quizás allí encuentre adeptos aprovechando el tirón de la estética skater underground, una estética -no sé si mayoritaria- que de underground tiene ya poco.

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