TRATADO SOBRE EL AMOR Y EL DOLOR

Amour

Amour. 2012. Austria. Dir: Michael Haneke.

Ser viejo es una mierda, por mucho que digan. Es difícil encontrar atractivo alguno a la imparable degeneración física, al pudrimiento de la carcasa que nos hará sucumbir. Con frecuencia, no solo la carne se marchita; también nuestra mente, lo que somos, se destruye de forma pasmosa o involuciona hasta deprimentes e infantiles estadios. Para reivindicar la vejez siempre se alude a la experiencia o a los hallazgos de la madurez total para sobrellevar una existencia difícil desde todos los puntos de vista. Es evidente que tales afirmaciones fueron pronunciadas por primera vez por algún viejo orgulloso y valiente, alguien que se empeñó en dignificar la ancianidad; aún con su razón teórica, no deja de parecerme un lugar común o algo que alguien dice de sí mismo para suavizar un poco su drama, como también fue un calvo el primero en extender el rumor acerca de la supuesta potencia sexual de los alopécicos o la morena que afirmó que las rubias son tontas. Lo decimos para consolarnos. Haneke se ha llevado el Oscar con este Tratado sobre el amor y el dolor que es su película Amour. Sin dejar de lado su costumbre de recrear ambientes cargantes, el director alemán construye una historia muy cotidiana y reconocible, unas escenas que todos tenemos en nuestra cabeza para contarnos la pelea contra todo que supone la enfermedad, la meta de la vida; la resistencia estoica, la situación cómplice de dos ancianos enamorados y la incomprensión de sus familiares directos. Sobrecoge la lucidez de ambos, en especial la de Anne. Por eso, al verla postrada balbuceando palabras ininteligibles nos preguntamos si ambas imágenes pertenecen a la misma persona. Muchas veces he pensado si queda algo de nosotros en los cuerpos devastados por la enfermedad cuando nuestras facultades se ven afectadas o nos desarbola por completo la azotea; nuestro envase está pero poco más. Aquello que fuimos y somos se ha desvanecido para no regresar. ¿Somos la misma persona que antes si justo eso que nos convierte en personas lo hemos perdido? También Amour nos cuenta una bonita y racional historia de amor verdadero, sin momentos manipulado o impostados. La película desprende sentimientos reales, algo difícil de ver en la actualidad, rodeados como estamos de artificios mentecatos; mucha gente piensa que amar es emular a Leonardo DiCaprio y Kate Winslet en el morro de un ferry rumbo a Ibiza y ha claudicado ante los sentimientos ficticios. Es impresionante como la gente actúa en su vida como si estuviera en la televisión, debate a gritos al estilo de las mesas de tertulianos, utiliza un léxico importado de la telerrealidad y se comporta con un infantilismo que se traduce en absurdas ofuscaciones e indignaciones perpetuas. Han adoptado las actitudes televisivas. Pero Haneke nos muestra el amor sin edulcorar, a lo bestia, como suele serlo, libre de convencionalismos. Y claro, duele. No te jode.

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