PEQUEÑA HISTORIA DE UN LUGAR (II)

thewire2

The Wire. 2002-2008. Estados Unidos. Creador: David Simon.

Finaliza el último episodio de The Wire y se apodera de mí una desazón dolorosa, la tristeza del último bocado de la tarta exquisita. Llega el asedio de cuestiones que había pospuesto mientras la veía, cuestiones de magna importancia. ¿Qué hacer cuando acaba? ¿Cómo suplir las dos horas nocturnas que tantas satisfacciones me han reportado durante los últimos tres meses? Y la principal: ¿Existe algún sucedáneo con el que perder el tiempo de manera igual de gustosa?

Es sorprendente cómo puedes añorar a unos grandísimos hijos de puta. Me ocurre con McNulty y Kima, con Daniels y Bunk, con Omar. Incluso con esa tonelada de repelús llamada Jay. El polaco –Prez- de nombre impronunciable que protagoniza una insólita evolución desde su nauseabunda aparición al principio de la serie a su reconciliación total en el ocaso. La siniestra pareja formada por el gigante Chris y la andrógina Snoop, que son la muerte en Baltimore y que me recuerdan a aquéllos ejecutores de los cómics de Sin City, el Gordo y el Enano pero en situación invertida. Si los matones de la ciudad del pecado amenizaban su trabajo de funeraria fuera de la ley pronunciando extensos discursos, los sicarios del capo Marlo son su imagen en negativo; apenas utilizan unas palabras para introducir lo que va a acontecer, puesto que la desdichada víctima conoce el destino de los que se cruzan en el camino de la pareja del farol y la pistola de clavos. El gran tapiz The Wire enlaza las hebras de la vida, de las personas, sus relaciones y su complejidad;  los seres humanos y su condición, más allá de si les ha tocado lidiar al margen de la legalidad; los malvados trajeados y el paria de gran corazón. Y viceversa. Un recorrido subterráneo que atraviesa todos los estamentos de Baltimore, desde los peligrosos guetos este y oeste a los encerados suelos del ayuntamiento y exhibe la doblez de muchos de sus habitantes sin rubor; hipocresía cómodamente instalada en sus (nuestros) quehaceres cotidianos cuyas consecuencias –a menudo horrendas- dependen del poder que dispongan (dispongamos). Doblez que el comandante Colvin explica al alcalde Carcetti mientras le muestra los bajos fondos de la ciudad. Colvin echa de menos al propietario de la funeraria del barrio pese a tratarse de un racista manifiesto que no abandonaría su oficio hasta enterrar al último negro del vecindario. Colvin (que es negro y antiguo inquilino de la barriada) cuenta que le respetaba en cierto modo, que al menos su pensamiento era translúcido y podían adivinarse sus intenciones independientemente de lo penosas que fueran. “Al menos era honesto”, confiesa el comandante fijando la mirada de Carcetti, “no como ustedes”. La imagen sin principio ni fin, los políticos bailando al son de la gramola circunstancial.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s