PEQUEÑA HISTORIA DE UN LUGAR (I)

the-wire

The Wire. 2002-2008. Estados Unidos. Creador: David Simon.

Al principio, cuando me recomendaron The Wire, no podía imaginar que se trataba de algo así, de una obra tan completa, rica y endiabladamente entretenida. La culpa de no empaparme de ella antes es sólo mía, lo reconozco; muchos amigos serie-adictos me habían instado a que la viese lo más rápidamente posible, incluso alguno clamaba que cómo podía vivir sin ver The Wire. El único problema que encontraba a The Wire (no es que dudara del gusto de mis amigos) era su formato serie. No acostumbro a ver muchas, nunca me he enganchado a ninguna y hay tantas, que no consigo aclararme ni ponerme al día acerca de cuáles son decentes, cuáles me pueden gustar o identificar las pestíferas. Se añade la pereza que me produce iniciar un camino más o menos largo (en este caso no son más que cinco temporadas) y ya tenemos el archiconocido cóctel de la desgana. De esta forma, los primeros cuatro capítulos que me prestaron languidecían en algún nivel de la torre de deuvedés aguardando un benevolente detalle por mi parte, una ocasión perfecta para no defraudarme. Una noche los devoré de tirón y al día siguiente comencé las gestiones telefónicas adecuadas para hacerme con la serie completa. De esto hará poco menos de un mes; he visto las dos primeras temporadas y estoy en el ecuador de la tercera. Todo lo que había oído acerca de The Wire es cierto; de momento (no sé como terminará) me parece la mejor serie que he visto nunca, sencillamente. La última que comencé a ver fue The Walking Dead; ví cuatro o cinco episodios, el primero muy bueno y el resto me parecieron bastante flojos.

En The Wire la verdadera protagonista es la ciudad de Baltimore, como la Barcelona de Vázquez Montalbán o la Marsella de Jean-Claude Izzo en la trilogía mediterránea protagonizada por Fabio Montale. Y tantos ejemplos más. El mundo del hampa, las pugnas de poder policiales y políticas y las relaciones entre ambas como excusa para un análisis social magnífico. No hay cartón piedra ni señuelos de llamativos colores; una despreocupación por sí misma poco frecuente en el paisaje televisivo actual. The Wire es la chica que te gusta, no te hace ni puñetero caso pero no puedes dejar de mirar. Si quieres vienes, y si no, pues nada, no hay interés por meternos el producto con calzador. Personajes que no hacen lo que quieres que hagan, autónomos. Una realización estupenda, sin esa manía persecutoria que ha poseído a la mayoría de series de televisión y las ha transformado en penosas bagatelas desechables. The Wire respeta al espectador, no lo trata como un gilipollas limitado. Y sobre todo esa sensación (quizás me equivoque) de producto barato que nos demuestra que la pasta no lo es todo, que hace falta algo más, que es posible elaborar historias magníficas dándole al coco. Seguiré contando bondades sobre The Wire dentro de otro mes, cuando la termine de ver.

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