SEÑALES

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The Dreamers. 2003. Reino Unido. Dir: Bernardo Bertolucci.

Qué curioso. En  The Dreamers Bertolucci vuelve al Mayo del 68 francés para contarnos una historia aparentemente inocua, y al verla, uno tiene la sensación de haber estado allí antes, de haber andado por esa senda alguna vez. No sólo de la mano del director italiano; recordamos el París agresivo gris cemento de Last tango in Paris pero también otros retratos más dulces. Una ciudad con dos espacios; el exterior violento, de realidades convulsas que se agitan, contrasta con el lugar íntimo, protegido y cálido que supone la casa de Isabelle y Theo. Matthew, el amigo americano amante del cine, se siente cómodo en su compañía aunque camina con cautela sabedor de que no es su sitio, su hábitat natural. Es imprescindible conocer el terreno donde puede librarse una batalla,  decía Sun –Tzi en El arte de la guerra. O algo así. Isabelle y Theo ejercen un extraño magnetismo sobre Matthew, que admira y envidia a su familia y todo lo que la rodea; conversaciones elevadas, arte, conocimiento. Es el prototipo de familia bien e  intelectual  en la que Matthew no encaja del todo, es como un sueño de progenitores que le hubiera gustado tener. No comprende la relación entre los hermanos Theo e Isabelle, que, encerrados en sí mismos, se alimentan de un juego fílmico perverso. La pasión por Isabelle y por el cine impulsa a Matthew a participar en una relación condenada a estancarse en un barrizal de emociones encontradas, agradables y humillantes. ¿Está podrido el nido donde habitan Theo e Isabelle? Bertolucci desliza discretamente la pregunta por debajo de la puerta. Son señales que el director italiano nos lanza desde un solitario bote que ha abandonado el transatlántico del mensaje mascadito y facilón. Fíjate si apestan los hermanos, que al final te acaba cayendo bien Matthew, un pacifista americano que entiende la guerra de Vietnam. La película es el juego del ¿Quién es quién? Un ejercicio en el que Bertolucci ha solapado de manera inteligente un trasfondo incendiario. Las burbujas no existen (o por lo menos no son eternas) y al final la realidad muestra sus cartas; a veces vienen buenas. Otras veces, la realidad golpea como el ladrillo que revienta la ventana de la casa donde Matthew, Isabelle y Theo viven sin más preocupación que el cine y sus juegos. Donde, sin conexión con la realidad, se consumen. Y aún va más allá el realizador italiano. Hay que desenmascarar a Theo e Isabelle; imaginar que la película no termina, que continúa hasta la actualidad y que podemos seguir el rastro de los hermanos. Quizás sus huellas asciendan por la escalera de acceso a un  ministerio o esperen a que se abran las puertas del ascensor en la central de un banco o de una gran corporación multinacional. A ver si los soñadores van a ser los que nos la clavan continuamente en los telediarios, los que sostienen las riendas del mundo y las manejan a su antojo. Una invitación a la reflexión. Estupenda.

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