SE BUSCA BUHARDILLA EN MONTMARTRE

paris

Midnight in Paris. 2011. Estados Unidos. Dir: Woody Allen.

Creo que es inevitable sentirse atraído por la época o circunstancias en las que se desenvolvían aquellos personajes que admiramos por diferentes razones. Es una especie de romanticismo absurdo, puesto que la hipnosis por un pasado dorado del que nos hubiera gustado participar es capaz de aturdirnos hasta el extremo de obviar lo desagradable, cuestionable o (directamente) malvado de décadas precedentes. El problema se agrava cuanto más retrocedemos en el tiempo, no digamos si nos situamos siglos atrás. La época medieval es un periodo que me ha atraído desde niño, pero no hace falta ser demasiado vivo para darse cuenta de que las fantasías jalonadas de aguerridos héroes, temidos dragones y princesas encerradas en torreones son sólo eso, fantasías. Escaparates con modelos perfectos. La realidad del medievo era mucho más dura, me temo; la única forma de disfrutar las fabulosas leyendas era perteneciendo al diez por ciento de la población que sabía leer y escribir, la inmensa mayoría vivía en la esclavitud generacional perpetua, las calles de las ciudades –en realidad todo- eran nauseabundas y proliferaban los brotes de enfermedades horribles. Si añadimos las retorcidas e imaginativas prácticas inquisitoriales tenemos un destino vacacional maravilloso. Ven y cuéntalo. Además mi condición de miope e hipermétrope no hubiera ayudado a dulcificar una, de por sí, ruda existencia campesina, condenándome a ejercer la mendicidad desde niño.

Woody Allen dirige esta película que no empieza como empiezan todas sus películas. El director americano nos muestra el recuerdo de París con las postales desplegables; la torre Eiffel, el arco del triunfo, los Campos Elíseos, el Sacre-Coeur. Todo. Lo sabíamos por el título, pero ya no hay ninguna duda; es París, con Carla Bruni incluida. Al principio pensé que no era una película, sino una adivinanza acerca de cuanto dinero habían invertido el ayuntamiento y el Elíseo para promocionar la capital gala, pero luego me di cuenta que si hay una ciudad en el mundo que no necesita publicidad –y menos en Estados Unidos-, ésa es París. Así que debe de tratarse de un amor verdadero de Allen. Owen Wilson es un guionista cuyo sueño es vivir y escribir en París, una tradición muy extendida por homólogos compatriotas suyos en el pasado que ha ido perdiendo fuelle en los asépticos tiempos que vivimos. Wilson quiere escribir novelas magníficas en una buhardilla atestada de cucarachas en Montmatre, trasegar sin conocimiento junto a sus admirados ídolos en interminables juergas nocturnas y abandonarse a los cuidados de bellas muchachas bipolares; Wilson quiere ser un artista romántico y su mujer, que es como la realidad -un poco gilipollas, horrible y cabrona- no le deja. Prefiere que Wilson se marchite al sol de Malibú produciendo guiones para Hollywood.

Wilson hace de Woody Allen muy bien, y entiendo que el director no actúe ya demasiado, a pesar de que la película le requiera. La película es tremendamente entretenida y al verla resuenan ecos de La rosa púrpura de El Cairo, y eso para mí es buena noticia, porque esa película siempre ha sido de mis preferidas de todas las de Woody Allen.

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