ANGELITOS

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Lilya forever (Lilja 4-ever). 2002. Suecia. Dir: Lukas Moodyson.

El armazón carcomido de lo que fue la antigua Unión Soviética a ritmo de techno, una huída desesperada musicada por ¿Rammstein quizá? Con este sopapo inicial de pulso nervioso y cotidiano, nos introduce Lukas Moodyson a Lilja 4-ever, film que funciona como testimonio de la vida de su protagonista. Es un país devastado, retratado en su malsana decrepitud, un tumor supurante que amenaza con extenderse a los pocos órganos sanos que restan: Lilja y Volodja. Lilja vive con su madre y con el sueño americano. La derrota del socialismo y la apresurada asunción de un modelo parlamentario de guiñol en el que las mafias imponen sus verdaderos intereses, han desencadenado una miseria moral y desidia generalizadas. Es el turno de los cantos de sirena de Occidente en forma de luminosos centros comerciales. ¿Para qué quedarse inmerso en semejante trampa? Allí no hay nada; el último que apague la luz. Y la mamá de Lilja se va, como tantos otros. Todo filmado de manera muy cercana, aprovechando los vaivenes de la cámara que también lo son de la realidad. Moodyson es un buen creador de imágenes aunque a veces se excede; la imagen de Lilja arrodillada en el lodazal cuando su madre la abandona es demasiado. Lilja se queda sola, únicamente Volodja la acompaña en una existencia trufada de injusticias y desencantos. Volodja es su ángel de la guarda, la prolongación de los ángeles que ilustran el cuadro que Lilja lleva consigo a todo lugar al que va. Moodyson crea un paisaje onírico insertado de forma sibilina en la realidad de la película. Teatralizado e infantil. Me recuerda a las obras de teatro del colegio cuando éramos muy pequeños, en las que representábamos el belén. Había siempre un par de niños que  les tocaba ser  ángeles, a menudo eran los más delgados. No debe haber angelitos gordos.

Lilja cambia el decorado. Acaba en Suecia, en Malmo, intentando averiguar las diferencias entre las grisáceas e insustanciales fachadas occidentales y las  vetustas y descuidadas fachadas de las colmenas de su ciudad natal. Víctima de una mafia de trata de blancas, el sueño americano se torna moderna esclavitud. Especialmente repugnante la secuencia subjetiva en la que el espectador observa desfilar a toda la sociedad sueca por la cama de Lilja.  Lilja protagoniza un triste periplo muy conocido; nacida y machacada en Oriente y deglutida en Occidente por una sociedad inane, a veces repulsiva.

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