LA DONCELLA QUE ORDEÑABA TOROS

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The Wicker Man. 1973. Reino Unido. Dir: Robin Hardy.

Imagínense la estampa. Por un lado, el culto pagano en un lugar inaccesible y, en la otra esquina del ring, el sargento Howie de Scotland Yard; un oficial meticuloso de moral intachable, espiritualmente muy romano a pesar de ser escocés, dispuesto a llegar hasta el final de una investigación que se convierte en su particular cruzada. Lo de cruzada es literal, puesto que Howie descubre que el anticristo no sólo existe en la imaginería cristiana, sino que reside y revuelve a su voluntad en un remoto islote de su distrito, a la vuelta de su casa. Nuestro oficial protagonista sufre un colapso mental al contemplar un pueblo de lúbricos haraganes que forman la imagen en negativo de sus creencias; una sociedad dionisíaca cuyo único vestigio de cristianismo son las arruinadas iglesias en desuso desde hace un siglo, cuando la turba lasciva decidió que nanay, que eso de un solo dios todopoderoso eran paparruchas e invitaron a los párrocos a marcharse muy lejos. Si los dioses de los vientos eran favorables –vaya si lo fueron- no volverían a verles la casulla nunca más. En Summerisle todo es al revés piensa Howie; la peña alivia su calentura pública y colectivamente, en las escuelas se estimula el culto al falo mediante cancioncillas infantiles pegadizas, la hija del tabernero es la instructora de artes amatorias de todo varón que huella el local; un verdadero sindiós entre campiñas y cosechas. En los tiempos que corren, a buen seguro que Summerisle sería bien de interés cultural y en su costa florecería una infraestructura hotelera macrosectorial y supravertical. Un desarrollo de la leche para una región tradicionalmente atrasada, un potosí para los jóvenes emprendedores que acabarán con la crisis, esa clase social emergente de las cenizas del incendio que ellos mismos provocaron. Pero Howie no está por la labor de que eso ocurra, por encima de su cadáver. Y entonces, ¡ay!, la cruzada se tambalea y se torna vía crucis; el diablo le tienta en forma de hija del tabernero y Howie se sobrepone sudando tinta china. Anthony Shaffer –autor también de La huella y de Frenesí–  rebautiza a Jesucristo y firma el guión de esta extraña perla satírica en torno a las religiones y las creencias, absolutamente descarada e incluso ofensiva. Pero también inteligente y brillante, con una trama alambicada y engañosa a veces, como suele ocurrir en todas sus obras. Ahórrense la versión de Neil LaBute de 2006.

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