HUMO

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Sprski Film (A Serbian Film). 2010. Serbia. Dir: Srdjan Spasojevic.

Otra vez. Y ya van tantas que las olvidé. No importa que seas yanqui, serbio, sueco o de Alberite. Al parecer es una moda que ignora  fronteras, ya sean de hormigón, alambre de espino y control de la Guardia Civil incluido, con sus hileritas de clavos y sus Cetmes, y sus tiradores apostados en las copas de los árboles. También se la sudan las barreras idiomáticas y culturales. Nos martillea desde mediados de los noventa con más o menos intensidad y parece que en ésta nueva década que se avecina ha irrumpido por todo lo alto con fuegos artificiales de censura y polémica. Ya ha llegado un nuevo episodio de la sordidez sofisticada. Qué hartazgo, qué cansancio. Allá, en las postrimerías del siglo pasado, en algún inmaculado laboratorio de Santa Mónica los doctores trabajaban sin descanso en la creación de un ambiente “nuevo” para las películas de terror, más que un decorado, un fin en sí mismo. Un revoltijo porno-snuff de elegantes mafiosos con gafas de sol y gabardinas relucientes, de productores o directores de cine -siempre me recuerdan a Mefisto cuando se le aparecía al bueno de Johnny Blaze en los viejos tebeos del Motorista Fantasma- empecinados en filmar la tortura para sublimar su nuevo arte, de bemeuves y audis inalcanzables donde viajan jóvenes aspirantes a actrices (o bien simplemente jóvenes) que serán masacradas en naves industriales abandonadas. A pesar de la truculencia inherente a semejante estilo, siempre se respira en éstas películas cierto aire chic, de glamour mortuorio inexplicable; aquí estamos nosotros –nos dice el realizador enfermo rodeado de tipos raros pero con clase- y allí (a punto de enfilar la cortadora eléctrica) están ustedes, la pobrecita gente corriente.

Salamanca. 2008. Un amigo mío presenta la obra titulada VHS-Bomba o La inmolación analógica que consistía en una cinta de vídeo a la que había pegado dos cartuchos o petardos gordos de carpintero con esparadrapo. Un par de cables de colores completaban la pieza. Era cutre y sucia; mi amigo la había construido en cinco minutos la noche anterior mientras dábamos buena cuenta de sendas jarras de cerveza. Durante la presentación recuerdo al maestro de escultura cogiendo la película explosiva y decir que le encantaba por eso precisamente, por su acabado deliberadamente descuidado. La imagen extendida (en cierta medida es culpa del cine) de bomba se traduce en un artefacto muy moderno, de altísima tecnología, fabricada por alguien muy cualificado, un fuera de serie dentro del hampa, cotizadísimo por todas las organizaciones criminales a lo largo y ancho del globo. Sin embargo, la realidad suele ser muy diferente, mucho más vulgar y, en el fondo, cercana: las bombas son ollas llenas de tuercas y un teléfono móvil. No las ha construido un señor distinguido o un terrorista refinado sino un fulano en chándal en una bajera alquilada.

A Serbian film es pobre porque está vacía, como su guión, pero muy impregnada de sordidez sofisticada. Nada más. No se puede sacar nada más. Un arranque correcto quizás, pero el resto es muy discretito, sin ningún alarde por parte de su director Spasojevic. El revuelo en torno al humo. No obstante seguro que a la luz del faro censor, Spasojevic cosechará legiones de fans. En fin. Me suena a la letra de Turbonegro en su excepcional canción Hobbit Motherfuckers: People with thick glasses  glorifying serial killers. I had enough. My generation sucks.

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