LA SORPRESA, WEST Y EL CINE SOCIAL

House-of-the-Devil

The house of the devil. 2008. Estados Unidos. Dir: Ti West.

La sorpresa

No hay nada más agradable que las gratas sorpresas inesperadas. Con frecuencia he hablado en este espacio –y en algún otro, me temo- de la magia del descubrimiento fortuito, de los hallazgos que por diversos motivos nos alteran de algún modo si bien no sabemos el porqué por mucho que nos devanemos los sesos. Creo que el proceso de descubrir algo es absolutamente personal; independiente de las inducciones externas aunque agarremos asideros más o menos fiables, nos cueste reconocerlo o no. Ahí está cada uno para discriminar cuales de ellos creemos bien sujetos y cuales nos precipitarán irremediablemente al vacío. Además existe otra cosa, una práctica muy extendida -supongo- desde el principio de los tiempos; la apropiación de los descubrimientos que motivan o agradan a uno. En ciertos círculos los descubrimientos tienen más que ver con la obtención de un grado de exclusividad frente a la masa informe que con la esencia o bondades del hallazgo, ya sea este un escritor, un director de cine o un grupo de música. Cuando el vulgo lo descubra –piensa el conquistador primigenio- el escritor, director o grupo de música se devaluará hasta su mismo nivel, ya no será lo mismo o habrá cambiado, obviando que cualquier proceso artístico se concibe para su máxima difusión, pasando por alto que la calidad intrínseca del sujeto es la misma tenga uno o mil seguidores.

West

Ahora más de uno se preguntará, ¿a quien he descubierto? Pues a Ti West, un tipo que apenas había oído mencionar y del que ahora, -la verdad sea dicha- tampoco se demasiado. He leído un poco en la web y he visto un par de fotos en las que West parece un cantante de un grupo grunge pero poco más puedo añadir. Mi afición por las películas de terror me llevó tras su pista casi sin quererlo, en un mecánico acto de prospección en busca de escalofriante materia prima con la que alimentar mis noches. Vi The House of the Devil sin expectativa alguna, con la libertad de presión total que tiene el  perfecto desconocido al que todavía no puedes disparar con su propia obra, con su munición. Comienza la película y enseguida noté que aquello era otra cosa que la rutinaria de terror; una composición de los planos muy medida, un aprovechamiento espectacular del panorámico. Me recordó a John Carpenter  y yo siempre recibo bien al hombre- cuyas- películas- se- titulan- siempre- igual (John Carpenter’s lo que sea). He de decir que la disfruté como hacía tiempo que no lo hacía con un film de terror. Gracias Ti por sacarle algo más de jugo a lo de siempre y hacer con ello cine social.

Cine social

Samantha Hughes es una estudiante un poco paria, harta de su compañera de habitación que la menosprecia absolutamente merced a su cotidiana y en ocasiones –se intuye- irrespetuosa actividad sexual. Por eso decide alquilar una casa para ella sola y surgen entonces los problemas económicos inherentes a cualquier persona de clase media en decadencia: no tiene suficiente dinero. Como la inyección monetaria tiene que ser inminente, Samantha coge un número de teléfono para trabajar de canguro -¡Peligro!- en una mansión habitada por gente lo suficientemente torva y extraña como para achantar a cualquiera. Su amiga del alma –una simpática rubia desprejuiciada como solo saben serlo los ricos- y el sentido común le instan a abandonar la casa y el trabajo, que ya encontrará otro modo de conseguir la pasta. Entonces el contratante ofrece mucho dinero por algo muy sencillo y Samantha acepta por pura necesidad aunque en el fondo sabe que siempre hay algo extraño cuando alguien da mucho a cambio de nada. ¿Le suena a alguien la historia? La de nuestras vidas, sectas satánicas y grandes cantidades de dinero aparte; al contrario que a Samantha, el tipo torvo y extraño nos sigue ofreciendo sueldos miserables. La película es de terror; da más miedo el futuro de Samantha que aquello que se esconde en la casa, que ya es decir. Por lo menos de momento el diablo solo me tienta los sábados en forma de kebab sólo-carne-dos-salsas y no como a la pobre Samantha, que menuda le lían.

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