SIN PERDÓN EN ESTE MUNDO

23512_44

Death Wish II. 1981. Estados Unidos. Dir: Michael Winner.

Hay veces que me apetece sufrir. Este insólito deseo debe relacionarse con el poso católico de nuestra educación; la vida como valle de lágrimas, rememorar la desdicha de Cristo crucificado, revivir su tormento y muerte. Estos padecimientos no distan mucho del dolor que produce  ver Death Wish II (Yo soy la justicia, en castellano), la cinta de 1981 dirigida por el británico Michael Winner y protagonizada por el granítico Charles Bronson. El film funciona como canalizador de odio, como penitencia; si quieren ganarse el cielo en la otra vida si la hubiera, véanla y ahórrense las procesiones de este año. La ultraderecha sionista norteamericana produce el periplo justiciero de Paul Kersey, un eficiente e industrioso arquitecto que vive en Los Ángeles con su novia. El título original Death Wish II nos indica que es una secuela, y que Paul Kersey ya ha dado matarile a unos cuantos anteriormente. Arrancan los créditos; planos aéreos de la ciudad de Los Ángeles, diferentes locutores de radio nos informan de los índices crecientes de criminalidad en la ciudad. Nos muestran el problema de la película, (de la sociedad) que Kersey tiene que  solucionar durante los noventa minutos restantes. El problema de América, el mensaje de los hacedores del film. La sociedad occidental se hunde lastrada por prostitutas, basura blanca, negra y de todos los colores, yonquis, chaperos, punkis, melenas, inadaptados, violadores y delincuentes de todo tipo. La selva urbana, los animales que no quieren vivir según las normas, los marginados. Todos, en definitiva, si exceptuamos al sector bienpensante conservador. Kersey es un buen ciudadano; acude a la parroquia, trabaja en su oficina (no como todas esas ratas ociosas, parecen decirnos) y es un padre ejemplar pese a que por vicisitudes del destino no puede dedicar a su hija todo el tiempo que quisiera. Hombre austero, de gustos sencillos, vive humildemente con Rosario, su criada mexicana paradigma de adaptación a la cultura yanqui.

El detonante que obliga a Kersey a colgarse la pistola es el secuestro, violación y muerte de su hija deficiente mental. Una banda de criminales asaltan su domicilio pero Kersey no se encuentra en él, así que se dedican a violar a la criada Rosario durante una interminable secuencia. Paul Kersey y su hija llegan poco después a casa tras un apacible paseo por la feria (donde los macarras desalmados le robaron la cartera. Así encontraron la dirección de su residencia). Los pandilleros le esperan y, pese a defenderse valientemente, dejan a nuestro héroe sin conocimiento. Matan a Rosario y se llevan a la hija a su cubil donde (qué fijación) la violan y posteriormente muere al precipitarse al vacío desde una ventana mientras huía de los malhechores. Despierta Kersey y empieza el baile. Sabía que la policía está formada por un muestrario de incompetentes corruptos y pusilánimes, de estómagos agradecidos que olvidaron aquello de to serve and protect mientras asaban a los ciudadanos con multas de tráfico. Sabía que la muerte de su hija era sólo una gota de agua en el océano criminal de Los Ángeles. Sabía que no podía esperar nada de la justicia, que sólo había una manera de solucionarlo. Su manera. Sin tiempo que perder enfunda su pistola y alquila una habitación en los suburbios, cuartel general en el hábitat de las malas bestias. Sigue la pista de la banda esquivando el vicio y la depravación reinantes en el barrio. Perdónales señor que no saben lo que dicen.  No cuesta demasiado encontrarles, pues acostumbran a hacer el mal en la calle, a la vista de todos. Kersey comienza a confesar al personal. Mejor creer en la otra vida chato, porque en ésta se terminó. Pum.

Kersey se convierte en justiciero de noche. Por el día seguirá manteniendo su trabajo de arquitecto y llevará una vida normal junto a su novia circunstancial, una ilusa periodista que todavía cree en el funcionamiento de los oxidados engranajes judiciales. Y así transcurre el film; ocho horas de trabajo, ocho de sueño y ocho de venganza. Kersey reparte pasaportes para la vida eterna a todos los implicados y el pueblo aclama al limpiador anónimo. Fin. Aún hay otras tres secuelas más; la verdad es que ya no se a quién vengará Kersey en la última. Quizás maten a su primo de Wisconsin. Habrá que ver.

Anuncios

  1. Pingback: PINTAN BASTOS EN PARÍS « INCITATUS
  2. Pingback: PAOLO CALLAHAN KERSEY | INCITATUS

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s