COGER UN TAXI EN TURÍN

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Giallo. 2009. Italia. Dir: Darío Argento

Ocurre siempre que veo una película de Argento pero también con las de Paul Naschy, de fantástico- terror ibérico y casi todas las de Jesús Franco. De repente estoy en las barracas con mis padres. El recinto ferial  atestado de gente; huele a algodón de azúcar, a churros y a salchichas. La ruta la conozco muy bien. Primero iremos a los autos de choque, donde me montaré agarrado a mi padre y rezaré para que mis gafas no salgan disparadas consecuencia de la violencia de un impacto frontal; el Dragón supondrá una auténtica descarga de adrenalina y en la barca vikinga desafiaré a mi vértigo, todavía precoz. Como es sábado sé que cenaremos en el puesto de los perritos calientes, en el mismo que todos los años. Las salchichas son enormes y saben muy bien. Siempre me preguntaba qué misterioso ingrediente conocía aquel hombre torvo y patibulario para que algo tan simple como una salchicha se convirtiera en el más suculento de los manjares. Y mientras engullo la salchicha, lo observo. Sobresale tras la noria de los niños pequeños y una tómbola. Con todo su esplendor feriante se erige, mágico, el Castillo del Terror. Es una imagen que tengo grabada a fuego porque recuerdo que me aterraba a la vez que me atraía. La mole de cartón piedra con miles de bombillas rojas; las pinturas de mujeres desnudas ensangrentadas mientras sufrían toda clase de tormentos a manos de verdugos inquisitoriales, demonios, dráculas; las gárgolas de dientes afilados, los murciélagos y los gritos de los que se aventuraban en la oscuridad más allá de la fachada. Me sobrecogía la visión de ése collage de horrores atemporales; al lado de una sala de torturas estilo Torre de Londres donde un fulano martirizaba a una princesa medieval, un pollo con una motosierra perseguía a una gachí con cardado ochentero. Era el terror por el terror, todo valía, sin historias ni explicaciones, un vómito de horrores que trascendía décadas, incluso siglos. Un estilo, en definitiva. Luego entré y me decepcionó. Parecían haber puesto todo el empeño en acojonar al personal por fuera, desde la fachada, mientras que el interior estaba deliberadamente descuidado. Cuatro telarañas que te rozaban la cara, oscuridad prácticamente total, esculturas como las del exterior y un cassette con gritos grabados era todo lo que el prometedor Castillo del Terror escondía en sus entrañas. Encima, si lo rodeabas caías en la cuenta de que en realidad era un camión matrícula de Alicante. Adiós al mito.

Giallo es el Castillo del Terror. Apenas modernizada si la comparamos con Suspiria, Rojo Intenso o Tenebre. Comienza a toda matraca, con el taxi del psicópata recorriendo las calles de Turín buscando desdichadas con las que adornar la fachada del Castillo. No suena Goblin y me sorprende, hay que tener en cuenta que hace mucho tiempo que no veo una de Argento.  A Elsa Pataky, en el papel de una modelo guay de la muerte, se le ocurre llamar a un taxi. Mira lo que te va a pasar por no utilizar el transporte público, nos dice Argento, y recordamos a la pobre japonesa cautiva en la morada de un asesino de voz grotesca. Sale caro tomar un taxi en Turín y en el consistorio están barajando la idea de construir un carril bici. Emmanuelle Seigner, siempre radiante, es la hermana de la Pataky. Busca la ayuda de un detective especialista en psicópatas encarnado por un anodino Adrien Brody (a juzgar por la cantidad de fotografías  de fiambres pegadas en las  paredes de su despacho, matar jovencitas guapas es deporte típico no sólo en Turín, sino extensible a toda la región del Piamonte e incluso a todo el país transalpino).

El film transcurre entretenido; hay cosas inconexas como en la fachada del Castillo del Terror pero no importan. No hay que dar explicaciones y menos en un auto-homenaje al giallo. Parece por momentos que el asesino es el mal absoluto como Michael Myers en Halloween de John Carpenter. El mal existe y punto. Entonces Argento lo humaniza, le otorga a la bestia un pasado de marginación absoluta, de niño descarriado. Y se acabó. Era mucho más atractivo el concepto de la muerte viajando en taxi. No obstante, divierte, y el final es una pequeña broma de Argento. Si te gusta el romanticismo tétrico  del Castillo del Terror, ése estilo peculiar vinculado a un género, disfrutarás de lo lindo. A mi me atrapó durante los escasos noventa minutos que dura, pero  yo tengo debilidad por Dylan Dog del también italiano Tiziano Sclavi. Y de vez en cuando me gusta rememorar el olor de los churros y del algodón de azúcar.

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