UN TIPO NORMAL

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Marty. 1955. Estados Unidos. Dir: Delbert Mann

¿Por qué nos afanamos en hacer tabla rasa siempre que tenemos la mínima ocasión? ¿Por qué la normalidad, amparada en lo que la mayoría hace, excluye cualquier heterodoxia atribuyéndole al instante cualidades devastadoras? ¿Acaso la nueva mutación merece un linchamiento público? ¿Por qué la masa es tan peligrosa?

Marty Piletti se hace éstas preguntas todas las noches, mientras valora asqueado si acudirá al baile con su amigo o bien se quedará en casa viendo los programas musicales. Es sábado por la noche, y los resortes de la diversión saltan tras una semana de trabajo en la carnicería. Marty es un tipo robusto, extrovertido, con una vitalidad y simpatía fuera de lo común, a pesar de que los comentarios de los clientes acerca de su sospechosa soltería pesan más que los inmensos pedazos de carne que descarga diariamente del camión del matadero. Es un bombardeo continuo que Marty sortea estoico y resignado, pertrechado tras una trinchera emocional construida por necesidad. Es una situación desagradable e injusta, piensa, debería cambiar. Ocurre que, a veces, observar con frialdad el panorama es extremadamente complicado. Me recuerda a Billy Pilgrim en Matadero Cinco, la novela de Kurt Vonnegut; en su despacho, enmarcada, podía leerse la siguiente frase: Concédeme Señor, serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que si  puedo y sabiduría para distinguir las unas de las otras. A Billy Pilgrim le ayudaba echarle un vistazo todas las mañanas, le permitía sobrevivir y no perder perspectiva. Marty no conoce a Billy Pilgrim pero seguro que harían buenas migas. Porque seamos honestos: es imposible llevarse mal con Marty. Su afabilidad te lo impide. Ni siquiera la presión del grupo de amigos para salir en busca de mujeres o los imperativos de su madre para que acuda a los salones de baile agrian su carácter bonachón. Claro que nadie es invulnerable y Marty, en el que ha arraigado un sentimiento de desidia perpetuo, cede a menudo a los deseos de juerga de sus amigos. Marty prefiere quedarse en casa mirando los programas musicales porque está hastiado de repetir los mismos esquemas todos los fines de semana. Y también porque no ha conocido  ninguna persona que le otorgue la confianza necesaria para poder expresarse libremente, con la que compartir algo más que las anodinas conversaciones que intercambia con su pandilla. Alguien, en suma. Marty tiene 34 años, trabaja empleado en una carnicería y sigue soltero, no ha promocionado sexual ni socialmente. Representa un arquetipo muy alejado del triunfador contemporáneo, para el que personas como Marty son invisibles o sólo sirven para abonar su camino hacia el éxito. Por eso, cuando Marty conoce a Clara, la profesora de candidez extraordinaria, se ve reflejado en ella y no entiende por qué la ha dejado plantada un miserable en mitad del baile. Marty habla con ella sin parar, es un monólogo interminable, maratoniano, rebosa alegría, nunca antes se había sentido así. Lleno. Sin embargo, Marty tiene que enfrentarse de nuevo a la hostilidad de su madre y de sus amigos hacia Clara pues se han propuesto dinamitar cualquier amago de independencia. Es curioso cómo los mismos que le azuzaban para que encontrara una mujer porque no iba a ser nunca un hombre completo, para los que encarnaba el fracaso absoluto, ahora, imbuidos de un poder desconocido juzgan sumariamente su relación con Clara y la declaran ilegal. ¿Qué hacer? Se pregunta Marty mientras observa los programas musicales y piensa en la balanza imaginaria, a un lado sus amigos y familia y al otro la solitaria Clara. Jamás tendría que haberse llegado a tal extremo, reflexiona. A menudo, cuando la locura colectiva se manifiesta, no te dejan otra salida.

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