EN DEFENSA DEL DISCO

Hace ya un tiempo largo  que la idea de satanización del disco se apoderó de la muchedumbre. La creencia de que se trata de algo inútil, absurdo y carente de sentido se da tan por supuesta como la certeza de que amanece todas las mañanas; un artilugio obsoleto y maligno destinado al deleite de cuatro nostálgicos. Las nuevas formas de difusión en la red me parecen fenomenales, que nadie entienda mal, pero fomentan comportamientos y actitudes que no dejan de sorprenderme. Ocurrió unos meses atrás. Hablando con ciertas personas acerca de bandas de rock and roll que a todos nos gustaban, alguien preguntó si habíamos escuchado al grupo “X”. No tardó en responder otro muy ufano: Tengo la discografía. No entendí la conversación. Con un “sí” o un “no” hubiera bastado. Como si tener una bicicleta implicara  correr el tour de Francia. En realidad se trata de un comentario anecdótico, sin malicia, que esconde una nueva manera de consumir (que no de escuchar) música cada vez más extendida: la acumulación y maceración de cantidades ingentes de archivos emepetrés. Saber que tienes prácticamente el disco que se te antoje al alcance de la mano es una idea muy golosa, eso es evidente, pero nadie escucha todos esos álbumes recopilados durante meses o años,  por una sencilla razón: es imposible. Los archivos se amontonan inexorablemente  en algún rincón del disco duro, provocando en el depositario (por lo menos a mí me sucede) una pereza horrible cada vez que intenta escuchar algo de música; al final termino por poner siempre lo mismo. Escuchar música se ha convertido en un acto de consumo inmediato y más rápido olvido;  la facilidad con la que se obtiene el disco requerido es directamente proporcional a su pasmoso destierro de la memoria. Entiendo que todo evoluciona, y que, posiblemente, el mundo de la música no sea una excepción. Las tardes en las que quedábamos los amigos para recorrernos todas las tiendas en busca de discos esperadísimos, o simplemente para pasar un buen rato mirando sus portadas  parecen hoy una cosa de museo porque, no nos engañemos, ya no hay tiendas de discos.  Sólo hay inmobiliarias y tiendas de teléfonos móviles. Es cierto que son caros (como prácticamente la mayoría de las cosas) pero no creo que su precio sea la principal causa de su ostracismo; la gente ya no los compra aunque sean baratos. Se trata de una cuestión mental y no económica; la nueva actitud coleccionadora ha asestado el golpe de gracia al disco como soporte. Se acabó. The End. Supongo que quedará relegado (está empezando a ocurrir ya) al fetichismo y al esnobismo de unos pocos. Habrá quien me llame nostálgico, pero nada más lejos de la realidad. La nostalgia no me gusta, siempre posee un halo de mitificación del pasado estúpido y engañoso. Es memoria. Abrir el disco, leer las letras de las canciones mientras gira, observar detenidamente las carátulas. Todo un verdadero ritual, y es que ese momento, con el disco nuevo bajo el brazo era muy especial. Aunque fuera una basura, no importaba (luego blasfemabas y lo intentabas cambiar con alguno de tus amigos). Quizá tenga que ser así y el disco tenga que morir, pero por lo  menos que tenga un entierro digno. Respetando al difunto.

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