LAS BANDAS DE AQUÍ Y DE ALLÁ

Una vieja historia. Las bandas locales y las bandas de fuera. Dos conceptos enfrentados, una guerra no declarada, una batalla soterrada, antagónicos entes fabricantes de ocio, el bien y el mal. A un lado del cuadrilátero tenemos a Bandas de Aquí, una amalgama de músicos de vía estrecha, cantantes obesos y juntaletras visionarios. La masa informe bascula  sobre sus piernas enclenques tratando a duras penas de mantenerse en pie mientras retumba la voz del locutor. Con tres toneladas y media y tal y cual. El ser conocido como Bandas de Aquí alza algo parecido a un brazo y el público enloquece. Bandas de Aquí gesticula agresivo, intenta intimidar al rival escupiéndole en uno de sus quinientos ojos pero la procesión va por dentro. Hace ya un tiempo que recibe críticas nefastas. No entiende nada. No entiende por qué a Bandas de Allá, su cotidiano enemigo, le va tan bien; la última vez que se enfrentaron la victoria se deslizó entre sus deformes dedos como un pez se escapa del iluso que intenta atraparlo. Fué una ilusión de victoria tras un combate memorable. Bandas de Allá estuvo mucho tiempo contra las cuerdas, mordió la lona en más de una ocasión, incluso comenzó a gimotear en el rincón cuando su entrenador, que observaba estupefacto las violentas acometidas de Bandas de Aquí trataba de animarle apelando al honor y a su manifiesta superioridad física. Bandas de Aquí lo había hecho. La bestia de Allá se acojonaba. Reculaba. El respetable, que normalmente presenciaba los enfrentamientos aburrido y aletargado, más por compromiso que por verdadera afición, no daba crédito.

“Estamos ante un momento histórico. Jamás habíamos visto un combate similar. Bandas de Aquí esta a punto de asestar el golpe de gracia a su ancestral enemigo.”

El locutor se desgañitaba. La jubilosa fiebre desatada en el viejo pabellón industrial (un improvisado coliseo) ante el probable triunfo de Bandas de Aquí también se había apoderado de su voz metálica. El sonido de la campana, anunciador de un nuevo lance, despertó de sus ensoñaciones al nuevo héroe local. Bandas de Aquí se sentía seguro en la esquina del ring, se sabía vencedor. Sentado en un taburete de cincuenta metros de diámetro y escupiendo cascadas sanguinolentas en un orinal olímpico, Bandas de Aquí ya no era Bandas de Aquí. Era una calle de un barrio de nuevo cuño, un polideportivo, una escultura en una rotonda. Era el futuro.
Se abalanzó armando los brazos para asestar la puntilla a un rival maltrecho pero algo salió mal. Un tropiezo estúpido provocó que perdiera el equilibrio en el último momento, resbalando y cayendo a merced de los puños de Bandas de Allá que, aunque todavía mareado por la tunda precedente, no desaprovechó la amable oportunidad de partirle el cráneo en mil pedazos. Bandas de Allá lo despachó con solvencia; sobrio, sin alardes, como avezado luchador que era. Un abrupto silencio dominó las gradas mientras un camión cisterna de los servicios médicos drenaba la gran piscina de sangre que se había formado alrededor de la cabeza de Bandas de Aquí. Inconsciente, con una sonrisa chulesca y estúpida. Era la patética estampa con la que se despidió Bandas de Aquí de su público.

Ahora no podía ocurrir lo mismo. No había por qué martirizarse más, pensaba Bandas de Aquí. Sólo tenía que pelear como él sabía. Pelear y tener un poco de suerte. De esa suerte que tiene siempre el hijo de puta de Bandas de Allá.

Publicado en el difunto fanzine Bipolar en su número dedicado al Rock.

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